las valijas,
las bolsas,
las sillas,
los bolsos,
los comestibles,
los juguetes,
y haber metido en la valija del Fiat 124, varios etcéteras más...
Ya llegando al límite con Lavalleja, empezamos a ver como cambiaba el paisaje, los cerros aparecían detrás de los montes. Después de mucha ruta, al llegar al Km. 145 de
Finalmente. Después de una mañana viajando, habernos instalamos y hacer las presentaciones con los demás alberguistas, empezó a picar el hambre. Algo habíamos llevado, un surtido básico, además de algunas cosas preparadas para el día, no era mucho, pero tampoco poco.
Nos habían dicho que había almacenes, así que no nos preocupamos demasiado, ó sea, no faltó la comida durante las vacaciones, pero los almacenes no están muy surtidos, y la frase que se repite varias veces es: -“No me queda, viene el Lunes”, parece ser algo común, sin embargo, fuimos conociendo a los vendedores extra que tiene la villa y supieron mantenernos con la panza llena, como ser el almacén–camioneta que llega un par de veces a la semana y la panadería-moto que anda por la villa en las tardes vendiendo pan casero y bizcochos para la merienda. Infaltable luego de una tarde subiendo y bajando cerros.
El primer paseo fue a la represa, que está yendo hacia el centro de la villa, hay sombra, pasto, uno se puede meter en el lago o mandarse bajo los chorros de la represa y pegarse una buena ducha. Excelente para pasar un buen rato relajado, mirando los cerros. Por ahí conocimos un sujeto bastante peculiar, que andaba en su moto, venía desde el este de Canelones, y nos pidió indicaciones para ir a Aiguá, cosa que ni la maestra rural tenía muy claro como llegar. Al volver empezó a ponerse feo el tiempo y hubo que ponerse a seguro en el hostal, el motociclista cayó por ahí, a pasar la noche, porque el viento que se había puesto a soplar, amenazaba con tirarlo de la moto, ya había llegado más gente además, esa noche pasamos de ser cinco a la cifra de diez; tres canarios del oeste, uno del este, tres montevideanos, dos alemanes y una austríaca.

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